Dialéctica entre Partidos Políticos y Movimientos Sociales o la Construcción de un Nuevo Sujeto Histórico.
Francisco Herreros, Periodista.
Ponencia presentada en la XX Escuela (2004-07-28)
Revista Alternativa Nº 21, Instituto de Ciencias Alejandro Lipschutz, ICAL
A comienzos del Siglo XXI, un viejo y conocido fantasma ha vuelto a recorrer el mundo, esta vez encarnado en un vasto, heterogéneo y todavía balbuceante movimiento, consecuencia y a la vez imagen especular en negativo, del proceso de mundialización del capital, que ocurre en ancas de lo que se conoce como modelo neoliberal.
Me refiero al a mi juicio mal denominado movimiento anti-globalización, que por estos mismos días ha mostrado uno de sus múltiples rostros para acosar a los mandatarios reunidos en la Cumbre Extraordinaria de las Américas que se celebró en Monterrey, tal como lo hizo en Seattle, en 1999, y desde entonces, en Davos, Barcelona, Praga, Génova, y en general, en todas las citas del Estado Mayor del capitalismo mundial.
Ahora bien, precisamente cuando la consistencia de este fantasma exige la convergencia de un discurso y un programa capaz de articular sus numerosas y diferentes expresiones, condición de eficiencia para enfrentar a un enemigo despiadado, compacto y poderoso como nunca, emerge sobre el escenario un debate que intenta contraponer a partidos políticos y movimientos sociales, como si fuesen entidades básicamente antagónicas, que persiguen fines distintos.
En esta ponencia intentaré demostrar que ese debate es un falso dilema, que en algunos casos, en forma elíptica y malintencionada, pretende confundir las categorías y por esa vía obstaculizar la necesaria unidad de las fuerzas antisistémicas.
Enseguida, me propongo analizar algunas de sus premisas, con el fin de extraer lo útil que puede haber en él, pues soy un convencido de las virtudes del debate, en tanto generador de nuevo conocimiento.
Abogaré por la tesis de la necesaria síntesis entre movimientos sociales y partidos políticos en un vasto movimiento sociopolítico de carácter rupturista respecto del actual sistema, lo que se ha dado en llamar un nuevo sujeto histórico con renovada vocación de poder.
Finalmente, procuraré esbozar un breve registro histórico y una somera caracterización de las condiciones que enfrentará el nuevo sujeto histórico que pretendemos construir, sobre la base de una nueva articulación entre partidos políticos y movimientos sociales, cuyas primeras señales empiezan a despuntar.
Anatomía de un Falso Dilema
Cuando caracterizo este debate como falso dilema, no pretendo sostener que no existe, que nos debemos sustraer a él, o que no examinemos con atención sus argumentos y premisas, en una u otra dirección. Si proponemos una síntesis de partidos y movimientos, lo primero, naturalmente, consiste en aprender a escucharnos y avanzar en una cultura de debate, cimiento de una democracia más madura y avanzada.
Se trata, por lo demás, de un debate que cursa a nivel mundial. De hecho, para la elaboración de esta ponencia, me resultó verdaderamente sorprendente, y por momentos apabullante , la cantidad de material de libre e inmediata disposición, encontrado en Internet, lo que me induce a una breve disgresión.
Recuerdo que el año 1997, en el marco de esta misma Escuela, y en esta misma sala, abogué calurosamente por la necesidad de que el movimiento popular aprendiera y se apoderara de las enormes posibilidades de las nuevas tecnologías de la información, particularmente de la comunicación por redes electrónicas.
En la oportunidad, utilicé el ejemplo del movimiento ludista, en la temprana revolución industrial, y postulé que, tanto entonces como ahora, la herramienta de lucha no consiste en destruir las máquinas o abstraernos de la tecnología, sino en mejorar la organización.
Análogamente, el movimiento popular que aspiramos construir, tiene en estas tecnologías un invalorable instrumento para intercambiar información, producir conocimiento, generar comunidades y coordinar acciones, mediante una herramienta de una potencia formidable, como nunca había existido en la historia. De hecho, el heterogéneo movimiento mencionado al principio, se comunica, intercambia puntos de vista y se coordina a nivel global, básicamente a través de Internet, razón por la cual postulo la incorrección del término movimiento antiglobalización.
Lo que quiero decir es que bajo en mismo concepto de globalización coexisten el proceso de mundialización del capital, fenómeno histórico y político, y la denominada infraestructura global de comunicaciones, extensión tecnológica de las capacidades humanas, dos cosas muy distintas, como se ve, tesis que daría para otro debate, y que me limito a dejar enunciada.
Retomo, pues, el tema que nos convoca. En mi opinión, la perspectiva correcta para enfocar este debate no es la hipotética antinomia o separación entre partidos y movimientos, sino la línea divisoria entre partidos y movimientos que están por cambiar este sistema, y partidos y movimientos que están por conservarlo, administrarlo o simular mejorarlo por vía de una hipotética e ilusoria "humanización".
Trazada esta línea divisoria fundamental, analicemos ahora el origen y la calidad de los argumentos que postulan la supuesta contradicción entre partidos y movimientos. Distingo, a grandes rasgos y sin pretender exhaustividad, al menos tres vertientes.
La primera, evidentemente, remite a la manipulación y mistificación neoliberal, que postula sandeces como el fin de la historia y el ocaso de las ideologías, superchería ideológica que busca encubrir la mercantilización de las relaciones sociales y la devaluación del homo faber, el hombre productor, a la categoría de delicuescente y pasivo consumidor.
La segunda la identifico con ese tufillo posmoderno propio de la colonización y conversión del pensamiento socialdemócrata, y aún del de fuerzas de izquierda, al credo neoliberal, con su carga de hedonismo, vanidad y predominio del interés individual. Es el tipo de pensamiento que reemplaza a la lucha de clases como motor de la historia por categorías tales como la "sociedad civil" en oposición a un Estado asumido como el cancerbero de la libertad, y que genera entelequias como "la tercera vía" o postula la imposible ecuación de "crecimiento con equidad", como mito encubridor de la prevalencia del status quo.
La tercera proviene de lo que podríamos denominar arbitrariamente el "movimientismo", o que algunos autores denominan como "movimientos sociales emergentes". Este pensamiento tiene algunos puntos en común con el anterior, en la medida en que también niega el conflicto de clase y ciertas antinomias fundamentales del marxismo tales como capital-trabajo, burguesía-proletariado e imperialismo-periferia. Pero se diferencia en cuanto contiene una crítica radical al sistema, y a su modo, o más bien desde sus múltiples modos, se propone la superación del capitalismo. De hecho, algunas corrientes de este pensamiento integran el llamado, o mal llamado, movimiento antiglobalización.
Para efectos de esta ponencia, profundizar sobre las dos primeras vertientes carece de sentido e interés. En cambio me detendré en algunos rasgos de esta tercera vertiente, en consideración a que con esas fuerzas se debe sostener el debate, en la búsqueda de la síntesis del gran movimiento político-social al que aspiramos.
Se trata de un pensamiento post-posmoderno, al punto que ciertos autores sitúan su origen en el levantamiento zapatista de 1994, y en todo caso es tributario, de una parte, del colapso de los denominados socialismos reales, y de otra, del desprestigio de los partidos y del deterioro de su papel como portadores de proyectos de transformación e instancias de intermediación entre la sociedad y el Estado, fenómeno asociado a la difusión de la hegemonía neoliberal y el consiguiente deterioro de la propia democracia, reducida a una formalidad representativa.
Los Movimientos Sociales Emergentes
La mayoría de los autores consultados coinciden en integrar bajo la denominación de "movimientos sociales emergentes" a los grupos ecologistas, pacifistas y feministas. Otros agregan a organizaciones de defensa del consumidor, de defensa de derechos civiles, de minorías sexuales o religiosas y de pueblos originarios. Los hay todavía quienes incorporan dentro de esta categoría a movimientos sociales con una demanda política más o menos elaborada, como los zapatistas en México, los cocaleros bolivianos, el movimiento de los Sin Tierra, en Brasil, e incluso, los piqueteros de Argentina, aunque en lo personal me inclino a considerarlos como movimientos sociopolíticos de incuestionable carácter progresista y de gran potencial transformador.
Según Russel Dalton y Manfred Kuechler, autores del libro, Los nuevos movimientos sociales, estos movimientos se caracterizan por los siguientes rasgos:
"Primero, por un estilo de acción política no convencional basada en la acción directa, que contrasta con el modelo tradicional de intermediación de intereses que los partidos políticos desarrollan en las democracias contemporáneas. Segundo, por un fuerte sentimiento antisistema, ya que sus seguidores se sienten enajenados respecto a las normas y valores dominantes, ante los que expresan su rebeldía. Tercero, por construir sus organizaciones sobre la base de la toma de decisiones participativa, una estructura descentralizada y el repudio a los procedimientos burocráticos. Cuarto, por reclamar a las democracias que abran la vida política a un conjunto de intereses más diversos y más vinculados con los ciudadanos. Quinto, porque la mayoría de sus miembros procede de las clases medias instruidas. Sexto, por no desarrollar ningún sistema ideológico coherente, sino que definen su concepción de la sociedad futura sobre todo en términos negativos; es decir saben lo que no quieren, pero no presentan un modelo alternativo claro".
Vulgarización de una Crítica
Hecha esta somerísima caracterización, exploremos ahora los elementos de su crítica contra los partidos. Empiezo con una cita de Tomás Moulian, que a mi juicio sitúa el problema en la perspectiva adecuada:
"Una característica de cierto tipo de pensamiento que se considera progresista consiste en privilegiar a los movimientos sociales, considerados como expresión de una "buena política", por oposición a los partidos, considerados como expresiones de una política tradicional, esto es manipuladora.
Esa oposición es simplista y maniquea y procede por la eliminación de uno de los elementos constituyentes de la problemática. Esa operación consiste en la demonización de los partidos y su sustitución por los movimientos sociales, los cuales serían los vástagos legítimos de la sociedad civil, mientras los partidos serían los vástagos impuros de la concepción estatalista de la política.
Llama la atención que muchos políticos progresistas no se percaten que esta es una interpretación tributaria del discurso neoliberal. En ese contexto teórico la predilección por los movimientos sociales tiene que ver con que ellos, por ser por definición sectoriales, no pueden impugnar el principio de totalidad que organiza el orden neoliberal".
Ahora bien, entre los elementos más frecuentes de la crítica vulgar a los partidos, he registrado los siguientes:
- Estructuras autoritarias, y generadoras de élites internas.
- Organizaciones centralizadas y verticalistas, carentes de democracia, que impiden el libre debate de las ideas, y que hegemonizan y manipulan a los movimientos sociales, o los transforman en meras correas transmisoras de sus designios.
- Colectividades burocráticas y susceptibles de corrupción.
- Carteles que sólo defienden intereses corporativos.
- Vanguardias iluminadas por una teoría histórica elevada falsamente al rango científico.
- Entidades anacrónicas, incapaces de procesar las demandas de la sociedad civil dentro de un mundo en transformación.
También he registrado elementos de crítica vulgar desde los partidos hacia los movimientos, los que suelen ser tipificados como:
- Clubes corporativos carentes de proyecto global e ideología
- Colección de identidades desprovistas de estructura orgánica
- Entidades que persiguen intereses específicos, incapaces de concebir valores universales.
- Agrupaciones básicamente efímeras, que se organizan y desaparecen con igual velocidad.
- Organizaciones que al no proponer el cambio social, en los hechos le hacen el juego al sistema.
- Agrupaciones fuertes en la táctica y débiles en la estrategia.
Movimientos y Partidos
Desde la perspectiva en que se sitúa esta ponencia, se trata, como reitero de un falso dilema. Por de pronto, al ser colectividades de personas, los partidos se mueven en el universo social. A la inversa, por poco que un movimiento social posea un diagnóstico y una finalidad, así como una táctica y una estrategia para lograrla, contiene algún grado de composición política.
Esto no significa que partidos y movimientos sean la misma cosa. Los partidos tienen como misión fundamental la elaboración discursos de diagnostico global y la definición de proyectos globales, y en segundo término, de encargarse de la conducción y desarrollar las estrategias de lucha para imponer sus proyecto, a la vez que representar a sus adherentes en el aparato del Estado.
Los movimientos sociales son portadores de demandas y representaciones, sea de identidades o de intereses, de naturaleza más específica y localizada. Al requerir de menores barreras de entrada y de menores vínculos ideológicos, tienen mayor flexibilidad orgánica y por tanto mayor propensión a convertirse en movimientos de masas.
De lo que se trata entonces, es lograr que los partidos revolucionarios se integren de manera fluida y natural en el movimiento de masas, que los movimientos sociales asuman sin complejos su condición de sujetos políticos, y que ambos confluyan en lo que se ha denominado un nuevo sujeto histórico de carácter político social.
¿Es ello posible? Pienso que sí, en la medida en que se superen ciertas críticas y aprehensiones, prejuiciadas algunas, legítimas otras, y en todo caso hondamente arraigadas, razón por la cual valoro altamente este tipo de debates.
Acerca del Hegemonismo de los partidos
Sobre la crítica en torno a la tendencia hegemonista de los partidos, y de su propensión a manipular a los movimientos sociales, diría que la izquierda chilena, y el Partido Comunista en particular, han realizado su autocrítica.
Cito en primer término a Tomás Moulian:
"El partido articula un saber teórico con el saber que surge de la practica de las masas. Si no se concibe así la relación entre partido-masas este en vez de ser dirigente se transforma en vanguardia. La noción de dirigente es positiva, la de vanguardia es negativa. Es hora ya de arreglar cuentas con esa noción que anteriormente se considero como una forma adecuada de definir el papel del partido. La noción de vanguardia sirve para pensar las relaciones en el esquema de Kautsky, cuando al partido le corresponde la tarea de "importar" desde fuera de la clase obrera la teoría que le permite actuar. Pero ella no es útil cuando se piensa que hay una relación dialéctica educador-educando y que el papel del partido es trabajar desde y con la práctica de la clase obrera, produciendo con ella teoría, operando -por tanto- como sintetizador. Solo trabajando de ese modo el partido genera con el pueblo una relación que es de dirección y no de imposición. Ello es mucho mas fundamental cuando la cultura burguesa adquiere la fuerza que tiene ahora".
Cito ahora de Gladys Marín, un extracto de su ponencia presentada en el Foro Social de Porto Alegre, en enero de 2003:
"La crítica a los partidos tiene una base real, y a veces se realiza desde cierto tipo de pensamiento que se considera progresista, pero esconde una peligrosa opción política: la de abandonar el campo de la crítica integral al sistema y los esfuerzos por la articulación de todos en la lucha global y sus objetivos de largo plazo. En estos tiempos tampoco se podría pretender privilegiar a los partidos sobre los movimientos sociales, con la idea de "vanguardia", o que los militantes de partidos que participan en los movimientos sean correas de transmisión de sus partidos. Esos tiempos han pasado, y quienes mantengan esas ideas no hacen sino repetir fracasos y otros, interesadamente insisten en esas caricaturas reaccionarias que nosotros bien conocimos bajo la dictadura. Ni vanguardias ni transmisores, sino juntos y al lado de todos los que aspiran a que otro mundo es posible. No puede haber imposición sino dirección. El partido transformador se hace educando y educándose desde la experiencia de la clase obrera y los variados movimientos sociales, desarrollando la política desde ahí. Trabajar desde y con la práctica y vivencias de los trabajadores, produciendo con ellos la teoría, y operando como sintetizador".
Concluyo la referencia a este punto con una cita de Miguel Urbano, del partido comunista portugués, de su ponencia presentada en el Seminario 30 Años Allende Vive:
"Cuando los dirigentes comunistas excluyen al pueblo de la participación, transforman el partido en una máquina burocrática, y el dogma sustituye la creatividad, el resultado es una caricatura del marxismo"
Sobre una nueva alianza anticapitalista
Para refutar la crítica, también frecuente y arraigada, que remite al anacronismo de los partidos de izquierda, en cuanto permanecen atados a una concepción obrerista, que insiste en postular a un proletariado debilitado y disperso como la única clase capaz de al capitalismo, encontré elementos de sumo interés en el trabajo La Política de Alianzas de La Izquierda Marxista en el Inicio del Siglo XXI, de José Balaguer Cabrera, integrante del Buró Político del Partido Comunista de Cuba.
En primer lugar, puntualiza que "la clase obrera sigue siendo la productora de la casi totalidad de la masa de riqueza social sobre la que se asienta, no solamente el desarrollo, sino la subsistencia misma de la humanidad, por lo que su papel en la lucha de clases sigue siendo determinante", sin perjuicio de lo cual, agrega:
"En el Manifiesto del Partido Comunista, Carlos Marx y Federico Engels afirman que "de todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Con posterioridad a la publicación del Manifiesto, muchos autores -algunos de ellos considerados continuadores de la obra de Marx- han pasado por alto la palabra hoy contenida en esa afirmación, de lo que se derivan múltiples vulgarizaciones del pensamiento marxista, incluida la noción de que en cualesquiera circunstancias históricas el proletariado está necesariamente llamado a ejercer ese rol, o que ese carácter le está reservado de manera exclusiva. Quienes incurren en estos errores, pierden de vista que fueron los propios Marx y Engels los primeros en analizar problemas tales como el papel de la introducción de nueva maquinaria en el incremento de la competencia entre obreros -y de cada obrero consigo mismo-, el efecto de zapa que la creciente división del trabajo provoca contra la organización y la lucha del proletariado -que, efectivamente, alcanza su máxima expresión con la introducción de la división transnacional del trabajo- y las consecuencias políticas e ideológicas del surgimiento de la "aristocracia obrera" -beneficiada de la explotación más descarnada de las colonias y de otros sectores de su propia clase-, que tendría un impacto decisivo en el auge alcanzado por el reformismo socialdemócrata en el movimiento obrero europeo en el transcurso del siglo XX".
Pero, para los efectos que interesan a esta ponencia, este es el párrafo crucial:
"El punto de vista de Marx es siempre el de la totalidad del espacio de rotación del capital: ...sí se amplía el espacio de rotación, ha de ampliarse la mirada teórica.
La creación de un espacio transnacional único de rotación del capital, que incorpora al proceso de producción material y espiritual de la sociedad burguesa a naciones con diversos grados de subdesarrollo político, económico y social, con religiones y culturas no cristianas -como la musulmana, la hinduista y las africanas, con mayorías y minorías nacionales autóctonas, con poblaciones negras descendientes de los esclavos africanos, con poblaciones asiáticas descendientes de los braseros traídos también en condiciones de esclavitud, con prácticas ancestrales de discriminación de la mujer, entre otras características, implica que una amplia y diversa gama de contradicciones y sujetos socio clasistas pasan a ocupar lugares centrales en la lucha contra el capital.
Todos estos factores han de incorporarse al análisis marxista sobre la composición del bloque fundamental de las luchas populares, la identificación de sus aliados potenciales y la definición de las bases sobre las que es posible establecer tal alianza, tanto a escala universal, como en la imprescindible lectura de las circunstancias particulares y singulares en que cada partido o movimiento político marxista desarrolla sus luchas".
En el caso de Chile, la formulación de nuevo sujeto histórico busca connotar, precisamente, la incorporación de nuevos actores sociales al movimiento popular socio político, afectados por la barbarie neoliberal, entre los cuales cabe mencionar a los movimientos ecologistas y ambientalistas, feminista, y de pueblos originarios; los movimientos de defensa de derechos humanos, de derechos civiles, de defensa del consumidor, de defensa de los recursos naturales, de defensa de los derechos de minorías sexuales y religiosas, y de incipientes movimientos de perjudicados por el modelo, como trabajadores cesantes, precarios y temporales.
Concluyo este alegato por la necesaria complementación entre partidos y movimientos, con una cita de Gladys Marín, de la ponencia mencionada:
"Los partidos que propugnan el cambio de sociedad, serán incapaces de materializar sus ideales si no contribuyen al surgimiento, impulsan las luchas e interactúan, con los movimientos sociales que demandan la superación de las carencias que impone la sociedad que debe ser cambiada. Por otra, los movimientos sociales pueden desarrollar luchas potentes y lograr triunfos, pero estos serán efímeros si no asumen y logran resolver el problema central de toda transformación de fondo, que es el problema de la modificación del carácter de la sociedad en que emergen y se hacen parte de un proyecto y un programa político que realice cambios radicales".
Tres Momentos en la Historia de Chile
Nada de lo que estamos discutiendo es ajeno o exótico en el caso de Chile, que en el curso del siglo XX registra tres períodos históricos en que la articulación de partidos políticos de izquierda y movimientos sociales de signo progresista, impulsó grandes avances en la democratización del país.
El primero de ellos comienza en los primeros años de la década de los años veinte, cuando la crisis del salitre le dio gran impulso al desarrollo de los incipientes partidos obreros, así como a un naciente movimiento sindical, vinculados por la notable inspiración y el infatigable esfuerzo de Luis Emilio Recabarren. En algunos momentos o fases de esa lucha, fueron acompañados por un combativo movimiento estudiantil, que funda la federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, y por un brioso movimiento cultural, del que cabe mencionar a Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Volodia Teitelboim, Pablo de Rhoka y Eduardo Anguita, entre sus figuras consulares. Producto de este recio movimiento popular fueron la efímera república socialista del 32, y posteriormente, los gobiernos del Frente Popular, etapa en que bregaron de consuno partidos revolucionarios como el partido socialista y el partido comunista, partidos burgueses de signo progresista, como el partido Radical y el partido Democrático, y el movimiento sindical, unificado en la Confederación de Trabajadores de Chile. Este período concluye, en lo formal, el año 1947, con la dictación de la Ley de Defensa de la Democracia y el inicio de un nuevo escenario internacional, marcado por la guerra fría.
El Gobierno de la Unidad Popular
El inicio del segundo período podemos situarlo en 1952, año de la primera candidatura de Salvador Allende, mientras que su culminación fué el épico gobierno de los mil días de la Unidad Popular. Evidentemente, ese gobierno no habría sido posible sin el respaldo de un movimiento popular de carácter sociopolítico mucho más potente que el anterior, integrado por una coalición de partidos revolucionarios, progresistas y de origen cristiano; un movimiento sindical consolidado detrás de la Central Unica de Trabajadores, con una clara visión política y conciencia de clase; un movimiento estudiantil templado por la lucha por la reforma universitaria y por la demanda de universidad para todos; un amplio movimiento cultural, que generó fenómenos como la nueva canción chilena, en que mencionar a Violeta Parra y Víctor Jara lo dice casi todo; y también por nuevos actores sociales, tales como un movimiento campesino dinamizado por la reforma agraria, un movimiento poblacional aguerrido en las tomas de terrenos que originaron las actuales poblaciones, un movimiento de consumidores contra la especulación y el acaparamiento, liderados por las JAP, y movimientos territoriales, que dieron origen a los efímeros cordones industriales.
El potencial transformador de este poderoso frente político y social era tan evidente, que no podía sino ser advertido por el imperialismo y la reacción local, de forma que, aún antes de asumir el Presidente Allende, tomaron la decisión de derrocarlo, y de destruir el sistema democrático que lo había prohijado, lo que también explica la política de terrorismo de Estado utilizada por la dictadura, que persiguió el doble objetivo del castigo ejemplarizador y de despejarle el camino a la refundación neoliberal, de la que como hoy sabemos, el régimen de Pinochet tuvo el dudoso privilegio de no haber sido sino el peón adelantado.
La Lucha contra la Dictadura
El efecto combinado de la represión más despiadada, la implacable proscripción política, el disciplinamiento cultural, y la difusión de antivalores asociados a la barbarie neoliberal, provocaron un profundo y prolongado repliegue del movimiento popular, del que emergería recién diez años después, a partir de 1983, cuando se inicia el tercero de los períodos de desarrollo y despliegue de un poderoso movimiento popular integrado por partidos políticos y movimientos sociales. Evidentemente, me estoy refiriendo al homérico período de lucha contra la dictadura, que se extiende hasta 1987, cuando los partidos de centro capitulan ante la dictadura, negocian con la derecha una democracia tutelada o de de baja intensidad, aherrojada por la institucionalidad autoritaria fundada en la exclusión, y asumen como suyo el modelo neoliberal, lo que inaugura un período histórico que en lo esencial se mantiene hasta hoy.
Pero ni aún esa limitada salida habría sido posible sin la heroica lucha de un movimiento político y social, que por la propia naturaleza y rigor del combate, así como la envergadura de lo que estaba en juego, presenta diferencias cualitativas respecto de los anteriores. Como se recordará, el período fue inaugurado por la convocatoria del movimiento sindical a las primeras protestas nacionales, que abrieron espacios arduamente disputados por nuevas configuraciones políticas como el Movimiento Democrático Popular, de una parte, y de otra, la Alianza Democrática y el Bloque Socialista, cuya confluencia dió origen a la actual Concertación. Es decir, en el plano político, la dictadura enfrentó a la casi totalidad de las fuerzas existentes en el país, con excepción de una derecha adormecida, que en los hechos fue la última en reconstituirse.
Detrás de ese amplio arco de fuerzas políticas, de alineó un no menos extendido frente de movimientos sociales, en el que destacaron por su decisión y combatividad, el movimiento sindical, nuevos actores como el movimiento territorial poblacional, el movimiento de defensa de los derechos humanos y el movimiento femenino, el siempre presente movimiento cultural, y en menor medida, el movimiento estudiantil. En algunos momentos de la lucha, se sumaron gremios y organizaciones de capas medias, como colegios profesionales, comerciantes y transportistas.
Con un mínimo de unidad de propósitos y coherencia en la conducción, ese potente frente político y social, tal vez el más amplio de la historia de Chile, hubiera derrotado inapelablemente a la dictadura, pero hoy sabemos por qué ni siquiera la unidad en la acción, lograda en ciertos momentos, pudo mantenerse hasta conseguir el objetivo. No me refiero sólo a su heterogénea composición de clase, ni a los distintos proyectos en competencia para el momento de la salida, sin omitir la reserva y el temor que en el centro político suscitó la radicalización del partido Comunista, con su política de rebelión popular. Estoy convencido de que esa unidad no fue posible porque en lo hechos el partido demócrata cristiano era el operador político del imperialismo norteamericano en Chile, como demuestran los archivos desclasificados, en cuanto a que, por lejos, es el partido que mayor financiamiento ha recibido, y que se retiró de la coalición antidictatorial apenas el gobierno de Reagan se lo ordenó.
Señales de Reactivación
Como fuere, la entronización de los gobiernos de la Concertación, su adscripción al modelo neoliberal, su traición a las expectativas populares, su política de contención a las demandas sociales y la exclusión de los partidos de izquierda por efecto del sistema binominal, provocaron un nuevo y prolongado repliegue del movimiento popular, el que se mantiene hasta nuestros días, sin perjuicio de las señales que apuntan a su reactivación.
Entre ellas cabe consignar:
- Las resoluciones del Vigésimo Primer Congreso del partido Comunista, que reorientan toda su actividad en función de la creación del denominado nuevo sujeto histórico.
- El paro del 13 de agosto de 2003, el primero de los catorce años de gobiernos concertacionistas, convocado por la Central Unitaria de Trabajadores, en función de las demandas por un Chile Justo, el que encontró entusiasta apoyo y acogida en otros movimientos sociales.
- Las resoluciones del Congreso Refundacional de la CUT, ratificadas por su reciente Congreso Extraordinario, que en lo esencial apuntan a la recuperación de su autonomía y su capacidad de conducción del movimiento sindical, en el marco de un sindicalismo sociopolítico, crítico del actual modelo y con renovada conciencia de clase.
- La reciente conformación de un movimiento socio político que agrupa a cinco partidos de izquierda y ocho movimientos sociales de signo progresista, y que se propone una transformación política y social del país que conduzca a una democracia real.
El Mapa Actual del Movimiento Popular
Quiero pasar breve revista a las fuerzas políticas y sociales susceptibles de incorporarse a lo que hemos denominado el nuevo sujeto histórico.
En el ámbito político, la deserción del partido socialista hacia el campo neoliberal, deja el terreno extraordinariamente acotado. A los dos partidos legales, es decir loa partidos Comunista y Humanista, pueden sumarse colectividades menores como el MIR, eventualmente la Izquierda Cristiana, el partido Comunista Acción Proletaria, el Movimiento Patriótico Manuel Rodríguez, y desprendimientos de base de origen socialista, como Izquierda Socialista y Movimiento Pueblo Socialista. Está también el Movimiento al Socialismo, si no me equivoco, de tendencia Trotzkista.
Del movimiento social histórico, candidatos a la alianza son desde luego, el movimiento sindical, con la salvedad de que en Chile la CUT representa alrededor del diez por ciento del sindicalismo organizado, y que en su seno hay una mayoría de dirigentes de partidos de la Concertación, y el movimiento estudiantil, si bien ha experimentado un considerable retroceso, materializado en el hecho de que por primera vez la derecha obtuvo la presidencia de la FECh, y que hay numerosas federaciones en poder de la Concertación. Eventualmente. Y para determinadas luchas, podría contarse con gremios de capas medias, como profesionales de la salud, profesores y funcionarios públicos. Desde luego, cuento con el siempre leal movimiento cultural. De sumo interés me parece Cultura en Movimiento, reciente expresión surgida desde la base.
Donde veo mucho terreno para sumar es en los movimientos sociales emergentes.
La lista es larga, y sin pretender ser exhaustivo, sumo al movimiento de defensa de los derechos humanos, al movimiento de pueblos oroginarios, a sectores del movimiento ecologista, al movimiento feminista y de defensa de minorías sexuales; a sectores cristianos de base; a movimientos de defensa del consumidor y de recuperación de los recursos naturales. Le asigno gran importancia a movimientos de perjudicados por el modelo, como trabajadores cesantes, eventuales, comerciantes ambulantes, campesinos temporeros y trabajadores contratistas, aunque están aún en niveles incipientes de organización.
Hay sectores que me generan legítimas dudas y que merecen mayor análisis. De una parte, movimientos a medio camino entre lo social y lo político, como la Surda y Fuerza Social, que pueden sumar, en la medida que se incorporen a las luchas, o dividir, si se plantean competir por la conducción con exclusión de los partidos. De otra, movimientos marginales radicalizados sin un discurso ni proyecto político muy elaborado, como los Grupos de Acción Popular, el Movimiento Huachuneit y diversos grupos anarquistas. No tengo elementos para suponer donde apuntan, y si son susceptibles de incorporar al movimiento que estamos pergeñando.
Fortalezas y Debilidades
Concluyo con una somera evaluación de fortalezas y debilidades.
Entre las primeras, consigno:
- Las experiencias históricas citadas precedentemente, que indican claramente que el nuevo sujeto histórico al que aspiramos está, por así decirlo, incorporado en los genes del movimiento popular chileno.
- Las señales de reactivación, reseñadas precedentemente, y la tendencia al reagrupamiento de las fuerzas antisistémicas.
- Las evidentes señales de agotamiento del modelo, que para recuperar sus tasas de rentabilidad, no puede sino incrementar las tasas de explotación del trabajo, con la consiguiente agudización de las contradicciones y el incremento de la polarización y la exasperación social.
- La evidencia cada vez más palpable de que el modelo, de una parte, sólo genera concentración de la riqueza, y de otra, se muestra incapaz de solucionar los cada vez más urgentes problemas de las mayorías.
Entre las segundas:
- Un terreno político-institucional copado por las dos grandes coaliciones del sistema, lo que deja un estrechísimo espacio de maniobra.
- Un campo de alianzas políticas extraordinariamente acotado.
- La falta de una opción alternativa clara, expresada en un proyecto político y un programa.
- Un notable retroceso en la conciencia política de la sociedad, con el correlativo incremento de la alienación de las personas, generado por el monopolio de la comunicación social.
- El cambio en la subjetividad de las personas provocado por el sistema neoliberal, con predominio del consumismo, el hedonismo, el exitismo, el individualismo y la competencia desenfrenada como expresiones de las relaciones sociales.
- Las señales de reactivación que permiten suponer un nuevo ciclo de alza de la economía, que si bien no mejorarán sustancialmente la condición de las mayorías perjudicadas, influirán en su percepción subjetiva por la vía de la machacona propaganda de los medios de comunicación.
- La inminencia de dos años electorales, que de acuerdo a la experiencia histórica, tenderán a absorber la atención y la preocupación de las personas, lo que debemos sumar a las escasas expectativas electorales de los partidos de izquierda en el esquema binominal.
Este es, a grandes y somerísimas pinceladas, la enumeración, que tampoco pretende ser exhaustiva, de las principales características del panorama que enfrenta la construcción de lo que hemos denominado el nuevo sujeto histórico, cuya condición de posibilidad es la complementación, acoplamiento y articulación de partidos políticos y movimientos sociales.
Nuevamente me hago la pregunta. ¿Es ello posible? A pesar de lo dificultoso y escarpado que se vislumbra el camino, pienso categóricamente que sí. No por voluntarismo romántico, sino simplemente por un problema de subsistencia.
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