Agustín Squella. 7 octubre 2005.-
"Lo que tenemos hoy es una Concertación menos política y más ciudadana, menos institucional y más pública, menos visible y más real, y una candidata que reúne esas mismas tres condiciones. La tarea de los partidos es ponerse ahora a la altura de esta nueva realidad." A. S.
A la hora de los exámenes que se hacen del impresionante respaldo conseguido por Michelle Bachelet, las explicaciones de los analistas suelen ser las mismas: credibilidad, calidez, simpatía, proximidad con los electores, sencillez, carácter, y todo ello unido a su procedencia de una familia que, vinculada a las Fuerzas Armadas y habiendo padecido actos de crueldad de éstas, supo hablar y perdonar a tiempo y no a las puertas de la elección en que compite. Agregue usted la experiencia política adquirida en dos ministerios exigentes —Salud y Defensa—, así como la prudencia mostrada para articular en sus equipos de trabajo a liberales, socialistas, socialcristianos y socialdemócratas, y tendrá ya el cuadro completo. También es mujer, por cierto, aunque esta condición, más que ser mencionada por ella misma, lo es por sus contendores, quienes han dado reiteradas muestras de hallarse incómodos al tener al frente un candidato de otro género.
Es raro, en consecuencia, que subsistan algunos majaderos que, con entonación de socios de club de golf, insistan en decir que no saben quién es ni qué piensa Michelle Bachelet, y en exigir a ésta pormenorizadas declaraciones programáticas que nunca se les ocurrió pedir, ni en 1999 ni ahora, a los candidatos de su sector. Es como si los candidatos de la Alianza nunca necesitaran presentación, porque a fin de cuentas son gente como uno, y sí los de la Concertación, casi siempre sospechosos al no provenir de los ambientes minoritarios, conservadores y escasamente renovados de una élite que durante casi dos décadas se acostumbró a no tener que competir por el poder político y el voto popular.
Con Ricardo Lagos, según recordamos todos, pasó algo parecido a fines de la década pasada, aunque en su caso esa élite —vamos a continuar llamándola así por pura convención— expresó algo más que curiosidad: temor. Temor de un político laico y de izquierda, de carácter firme, y que había tenido el atrevimiento de encarar a Pinochet cuando éste conservaba en sus manos todo el poder, ejerciéndolo, según entonces se decía, a favor de los valores fundamentales de la patria. Hoy la opinión de ese sector ha cambiado sustancialmente, tanto en uno como en otro sentido: ya casi nadie allí es pinochetista y la mayoría querría ahora la inmediata reelección de Lagos.
Pero mi punto quiere ser otro: detrás del apoyo a Michelle Bachelet no están sólo la valoración de su procedencia, trayectoria y cualidades, sino todo un sector político —la llamada Concertación— que ha sabido conseguir y consolidar un voto de confianza cada vez más firme, independiente incluso de los partidos y de las pequeñas y bochornosas rencillas que a menudo sacuden a éstos. Un voto de confianza que no es socialista, ni PPD, ni democratacristiano ni radical, sino que va y viene en cada elección entre candidatos de esos partidos que parecen mejores o peores a juicio de los electores. Un voto de confianza, especialmente de sectores profesionales, medios y bajos, que están convencidos de que es en ese conglomerado donde hay mayor capacidad de gobierno y mayor sensibilidad frente a sus problemas. Un voto de confianza, en fin, que ha ido ganando en solidez, y que debe mucho más a la propia conciencia de los ciudadanos y a tres buenos y sucesivos gobiernos del mismo signo que a los aciertos de quienes conducen las cúpulas de los partidos de la Concertación.
Lo que tenemos hoy es una Concertación menos política y más ciudadana, menos institucional y más pública, menos visible y más real, y una candidata que reúne esas mismas tres condiciones. La tarea de los partidos es ponerse ahora a la altura de esta nueva realidad.
Posteado por El Mercurio a las Octubre 7, 2005 06:45 AM | Comentarios (29)
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