T.Q.M. en la administración pública
Eduardo Klein Koch, Dr.Ph.
El Mercurio. 250206
A pocos días de iniciarse las actividades del nuevo Gobierno, vale la pena, una vez más, centrar la mirada en la relación gobernantes-gobernados. En nuestros tiempos, el Estado ya no tiene sólo raíces en la nación Chile, sino que se extiende al mundo. El Gobierno que asume sabe que va a administrar un Estado cosmopolita, cuyas normas se originan en muchos lugares: lo comprueban cotidianamente exportadores, importadores y turistas, al igual que instituciones como el Banco Central, Codelco, el Ministerio de Agricultura y tantas otras. Nuestro país y su aparato político–administrativo de gobierno actúa, crea y genera valor en un ordenamiento mucho mayor que el de nuestras fronteras.
Esta realidad da vida a una nueva filosofía de gobierno. Las tradiciones administrativas del aparato gubernamental que maduraron y se asentaron en los años 50 y 60 del siglo pasado estaban determinadas por el principio de la verticalidad y de subordinación del particular al funcionario público. Una brecha o vacío separaba las demandas de atención particular del poder regulador y fiscalizador de Estado. Se hablaba del “síndrome del bulldog” que imperaba en aquellos tiempos entre funcionarios y público. Eran intereses públicos fríamente desvinculados del conjunto de la sociedad.
La nueva realidad política de Chile, inserto decididamente en el mundo, con un Estado más cauto y negociador, comienza a dar vida a una filosofía de gobierno inspirada en un sentido circular: el trayecto y curso de las políticas públicas marcan un rumbo de equidistancia, en el que todos —funcionarios y privados— participan de modo conciliador y armónico. Unos y otros elevan su mirada y centran sus conductas en la meta común.
Esta filosofía del ideal circular y no vertical en la relación funcionarios–público/clientes inspira el concepto de “T.Q.M.” de administración: es la implementación en todas las reparticiones de Gobierno del concepto de gestión de calidad total (Total Quality Management). El producto son los servicios. Cada oficina pública debe definirlos. El grupo humano encargado de “venderlos” tiene una dirección responsable de aplicar criterios de optimización permanente. Estos criterios de mejoramiento se obtienen en comunicación con la sociedad. Ésta es el público frente la ventanilla. Atender a la gente es más que un gesto o una respuesta. Es, primero que nada, satisfacer al ciudadano que lo solicita, resolviendo su problema. Éste es el principal indicador de éxito. Para ello, los requisitos son la claridad, la simplicidad, la buena argumentación, el buen uso de facultades, el conocimiento de la materia. Una mala gestión administrativa es aquella que resuelve un problema y, de paso, crea varios otros.
Desde el punto de vista del modelo de sociedad que nuestro país está construyendo, la gestión pública de calidad es parte sustancial en el proceso de generación de valor, tanto como puede serlo una inversión en minería o una planta de tratamiento de aguas. Un equipo de gobierno motivado y movilizado, con fuerte sentimiento de pertenencia a un liderazgo político y dispuesto a atender a la gente, se transforma en un factor de competitividad internacional. Y no para empujar desde atrás, sino para ir en la primera línea del desarrollo. Implica decir “no” al fantasma del desmerecimiento, que achica y degrada la función pública cuando ella pierde la visión de conjunto y pone piedras al engranaje económico-productivo generador de riqueza y empleo. Un nuevo estilo, menos generalista y más aterrizado, orientado en valores —sentido de responsabilidad, creatividad, iniciativa personal, perseverancia, trabajo en equipo, compromiso social— es lo que el nuevo Gobierno puede ofrecer a la sociedad chilena.
En la gestión pública se expresa nuestra cultura, historia y práctica de hacer las cosas. Chile es como su administración pública. Sin embargo, su estrategia de desarrollo mediante la economía global le impone exigencias. Las autoridades deben conducir al país en el marco de una nueva racionalidad específica y compleja. El cumplimiento de metas no es una tarea soberana del Estado y su Gobierno, como lo fue en alguna época. Las grandes empresas, la ciencia, la cultura, lo social, han limitado su poder. Hay actores y factores que actúan por su cuenta en el escenario internacional, y con gran eficacia. De inmediato habrá de ponerse en juego el talento del nuevo equipo de gobierno para administrar el país con estándares internacionales.
Posteado por El Mercurio a las Febrero 25, 2006 06:45 AM
El Mercurio. 250206
A pocos días de iniciarse las actividades del nuevo Gobierno, vale la pena, una vez más, centrar la mirada en la relación gobernantes-gobernados. En nuestros tiempos, el Estado ya no tiene sólo raíces en la nación Chile, sino que se extiende al mundo. El Gobierno que asume sabe que va a administrar un Estado cosmopolita, cuyas normas se originan en muchos lugares: lo comprueban cotidianamente exportadores, importadores y turistas, al igual que instituciones como el Banco Central, Codelco, el Ministerio de Agricultura y tantas otras. Nuestro país y su aparato político–administrativo de gobierno actúa, crea y genera valor en un ordenamiento mucho mayor que el de nuestras fronteras.
Esta realidad da vida a una nueva filosofía de gobierno. Las tradiciones administrativas del aparato gubernamental que maduraron y se asentaron en los años 50 y 60 del siglo pasado estaban determinadas por el principio de la verticalidad y de subordinación del particular al funcionario público. Una brecha o vacío separaba las demandas de atención particular del poder regulador y fiscalizador de Estado. Se hablaba del “síndrome del bulldog” que imperaba en aquellos tiempos entre funcionarios y público. Eran intereses públicos fríamente desvinculados del conjunto de la sociedad.
La nueva realidad política de Chile, inserto decididamente en el mundo, con un Estado más cauto y negociador, comienza a dar vida a una filosofía de gobierno inspirada en un sentido circular: el trayecto y curso de las políticas públicas marcan un rumbo de equidistancia, en el que todos —funcionarios y privados— participan de modo conciliador y armónico. Unos y otros elevan su mirada y centran sus conductas en la meta común.
Esta filosofía del ideal circular y no vertical en la relación funcionarios–público/clientes inspira el concepto de “T.Q.M.” de administración: es la implementación en todas las reparticiones de Gobierno del concepto de gestión de calidad total (Total Quality Management). El producto son los servicios. Cada oficina pública debe definirlos. El grupo humano encargado de “venderlos” tiene una dirección responsable de aplicar criterios de optimización permanente. Estos criterios de mejoramiento se obtienen en comunicación con la sociedad. Ésta es el público frente la ventanilla. Atender a la gente es más que un gesto o una respuesta. Es, primero que nada, satisfacer al ciudadano que lo solicita, resolviendo su problema. Éste es el principal indicador de éxito. Para ello, los requisitos son la claridad, la simplicidad, la buena argumentación, el buen uso de facultades, el conocimiento de la materia. Una mala gestión administrativa es aquella que resuelve un problema y, de paso, crea varios otros.
Desde el punto de vista del modelo de sociedad que nuestro país está construyendo, la gestión pública de calidad es parte sustancial en el proceso de generación de valor, tanto como puede serlo una inversión en minería o una planta de tratamiento de aguas. Un equipo de gobierno motivado y movilizado, con fuerte sentimiento de pertenencia a un liderazgo político y dispuesto a atender a la gente, se transforma en un factor de competitividad internacional. Y no para empujar desde atrás, sino para ir en la primera línea del desarrollo. Implica decir “no” al fantasma del desmerecimiento, que achica y degrada la función pública cuando ella pierde la visión de conjunto y pone piedras al engranaje económico-productivo generador de riqueza y empleo. Un nuevo estilo, menos generalista y más aterrizado, orientado en valores —sentido de responsabilidad, creatividad, iniciativa personal, perseverancia, trabajo en equipo, compromiso social— es lo que el nuevo Gobierno puede ofrecer a la sociedad chilena.
En la gestión pública se expresa nuestra cultura, historia y práctica de hacer las cosas. Chile es como su administración pública. Sin embargo, su estrategia de desarrollo mediante la economía global le impone exigencias. Las autoridades deben conducir al país en el marco de una nueva racionalidad específica y compleja. El cumplimiento de metas no es una tarea soberana del Estado y su Gobierno, como lo fue en alguna época. Las grandes empresas, la ciencia, la cultura, lo social, han limitado su poder. Hay actores y factores que actúan por su cuenta en el escenario internacional, y con gran eficacia. De inmediato habrá de ponerse en juego el talento del nuevo equipo de gobierno para administrar el país con estándares internacionales.
Posteado por El Mercurio a las Febrero 25, 2006 06:45 AM

