La primera ciudadana.
MIGUEL LABORDE
El Mercurio, Domingo 26 de febrero de 2006
La principal idea fuerza de Michelle Bachelet como candidata, al prometer un gobierno de los ciudadanos, se estrella con una realidad en que Chile sale muy mal parado. En el contexto de América Latina, es uno de los países que menos han avanzado en esta dirección.
Si le aplicamos un control de calidad a nuestra democracia -y se supone que la ciudadanía es uno de sus mejores atributos-, nos encontramos con grandes debilidades en todos los ámbitos, tal como lo descubrieron los vecinos de la Plaza Las Lilas o los que se opusieron al túnel de Pedro de Valdivia Norte.
No se considera la participación ciudadana en los planes, presupuestos, toma de decisiones o procesos de la gestión pública. Priman los hechos consumados, y cuando los ciudadanos quieren actuar descubren, siempre, que ya es demasiado tarde. Incluso, se mantiene la política de aprobar proyectos controvertidos a fines de enero, para que pasen inadvertidos.
Es lo mismo a nivel nacional, regional o local. Las autoridades encargan pocas encuestas, pocos plebiscitos, pocos encuentros ciudadanos, pocas asambleas abiertas, y no tienen mecanismos abiertos a movimientos y líderes de la sociedad civil, prácticas que presentan avances en casi todos los países latinoamericanos en estos últimos veinte años.
¿Cuándo vamos a tener presupuestos participativos? ¿Cuándo vamos a encontrar sitios electrónicos interactivos para revisar e intervenir en los planes municipales? ¿Cuándo va a retornar la educación cívica a la educación?
La demanda pública por la participación es creciente, y aumenta junto con el escepticismo frente a los partidos políticos y a los parlamentarios, quienes no parecen colaborar en esta demorada profundización de la democracia.
Vivir en la ciudad y ser ciudadano no es lo mismo. Esto último supone una cultura, que es grecorromana (el hombre es racional y social), cristiana (es un ser trascendente) y con aportes germánicos (es un ser libre), la que culmina noblemente para nosotros, en el Cabildo. Una cultura que separa al politikes o político -el ciudadano interesado en la cosa pública-, del idiotes o idiota que sólo se preocupa de sí mismo.
.
Son pocos, cuatro años, cuando llevamos siglos de escasa interacción con la autoridad. Tendrá que ser un tema central en la agenda, una tarea constante desde el primer día, para que lleguemos al Bicentenario con un programa que incluya medios directos de participación en la gestión local y sus presupuestos, información abierta y control ciudadano. Para ser politikes, y no idiotes.
El Mercurio, Domingo 26 de febrero de 2006
La principal idea fuerza de Michelle Bachelet como candidata, al prometer un gobierno de los ciudadanos, se estrella con una realidad en que Chile sale muy mal parado. En el contexto de América Latina, es uno de los países que menos han avanzado en esta dirección.
Si le aplicamos un control de calidad a nuestra democracia -y se supone que la ciudadanía es uno de sus mejores atributos-, nos encontramos con grandes debilidades en todos los ámbitos, tal como lo descubrieron los vecinos de la Plaza Las Lilas o los que se opusieron al túnel de Pedro de Valdivia Norte.
No se considera la participación ciudadana en los planes, presupuestos, toma de decisiones o procesos de la gestión pública. Priman los hechos consumados, y cuando los ciudadanos quieren actuar descubren, siempre, que ya es demasiado tarde. Incluso, se mantiene la política de aprobar proyectos controvertidos a fines de enero, para que pasen inadvertidos.
Es lo mismo a nivel nacional, regional o local. Las autoridades encargan pocas encuestas, pocos plebiscitos, pocos encuentros ciudadanos, pocas asambleas abiertas, y no tienen mecanismos abiertos a movimientos y líderes de la sociedad civil, prácticas que presentan avances en casi todos los países latinoamericanos en estos últimos veinte años.
¿Cuándo vamos a tener presupuestos participativos? ¿Cuándo vamos a encontrar sitios electrónicos interactivos para revisar e intervenir en los planes municipales? ¿Cuándo va a retornar la educación cívica a la educación?
La demanda pública por la participación es creciente, y aumenta junto con el escepticismo frente a los partidos políticos y a los parlamentarios, quienes no parecen colaborar en esta demorada profundización de la democracia.
Vivir en la ciudad y ser ciudadano no es lo mismo. Esto último supone una cultura, que es grecorromana (el hombre es racional y social), cristiana (es un ser trascendente) y con aportes germánicos (es un ser libre), la que culmina noblemente para nosotros, en el Cabildo. Una cultura que separa al politikes o político -el ciudadano interesado en la cosa pública-, del idiotes o idiota que sólo se preocupa de sí mismo.
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Son pocos, cuatro años, cuando llevamos siglos de escasa interacción con la autoridad. Tendrá que ser un tema central en la agenda, una tarea constante desde el primer día, para que lleguemos al Bicentenario con un programa que incluya medios directos de participación en la gestión local y sus presupuestos, información abierta y control ciudadano. Para ser politikes, y no idiotes.

