miércoles, 28 de junio de 2006

“Ojo con la ciudadanía”. Sol Serrano (240606)

24 de junio de 2006, El Sábado
Sol Serrano

Hace pocos años la palabra ciudadanía irrumpió en la escena chilena de la mano de algunos sectores que venían de la izquierda, habiendo sido un concepto enteramente ajeno a esa tradición ideológica. Era, sin duda, un avance democrático. Sin embargo, cada día pierde más su espesor

Desde hace algún tiempo la palabra ciudadanía se oye por todas partes. Es un concepto al que la historia y la teoría política le han dedicado sus mejores páginas. Desde el caída del Muro de Berlín (no en vano coincidió con el bicentenario de la Revolución Francesa) y la crisis de los estados de bienestar ha vuelto a formar parte del vocabulario político. La sustentabilidad de la democracia y la gobernabilidad así lo exigen.

Hace pocos años irrumpió en la escena chilena de la mano de algunos sectores que venían de la izquierda, habiendo sido un concepto enteramente ajeno a esa tradición ideológica. Era, sin duda, un avance democrático. Sin embargo, cada día pierde más su espesor y su sentido. A estas alturas su uso me está pareciendo peligroso. Un parlamentario decía en una entrevista que era partidario de la eutanasia porque tenía una "agenda ciudadana". Personeros de oposición dicen que el gobierno debe cambiar gabinete porque "así se pronunció la ciudadanía en las encuestas". Oigo en la radio que la agenda de la semana será "ciudadana" debido a la manifestación en las calles de Santiago en contra de la delincuencia. Ni decir la multitud de veces que se ha interpretado el paro estudiantil como una "demanda ciudadana". Me temo que estamos frente a una trampa intelectual y política.

La trampa consiste en apelar al ciudadano como un ente empoderado de derechos desligado de las instituciones y en contra de ellas. Mas aún, se pretende contraponer la ciudadanía con la política. A primera vista, parece una tremenda contradicción, sin embargo ello está en el origen mismo del concepto de ciudadano moderno inaugurado por la Revolución Francesa, donde se enfrentó la versión liberal con la jacobina. Si en la primera el ciudadano era el origen de la legitimidad política de las instituciones de gobierno, en la segunda no había representación, sino democracia directa. Los resultados los conocemos. Una fue la democracia representativa y la otra fue una toma autoritaria del poder .

Estamos muy lejos de la opción jacobina, pero coquetear con una idea de ciudadanía al margen de las instituciones que la representan es un flaco favor a la democracia. Los políticos que así la invocan construyen, quizás sin saberlo ni quererlo, un espacio para el populismo que vemos en algunas partes de la región. Al final, la legitimidad que dan las elecciones parece insuficiente y levemente pecaminosa para gobernar en su nombre.

La "agenda ciudadana" se transforma en una especie de vacío de poder, de prioridades confusas, de contenidos que se desdibujan. Si no se tiene una convicción profunda de que toda autoridad elegida democrática es de por sí ciudadana y se le otorga ese adjetivo a la manifestación directa, las instituciones intermedias sobran, los partidos políticos molestan, los parlamentarios se dan lujos de minoría, los ministros esperan resultados de comisiones y las presiones corporativas galopan. Es como si ganar elecciones no fuera un mandato contundente para hacer lo que se quiere hacer.

Soy la primera en creer que la historia de la ciudadanía en Chile ha sido débil porque lo ha sido la historia de la libertad individual en una sociedad extremadamente jerárquica y la de la autonomía de las personas en una sociedad que se ha alfabetizado hace sólo algunos días. Por eso las políticas públicas son tan relevantes para generar oportunidades allí donde la desigualdad no las da. Para eso son las instituciones.

Si concedemos que en el lenguaje cotidiano se identifique ciudadanía principalmente con la protesta de grupos, si los políticos se refieren a ella cada vez más como la expresión directa de las personas, estamos en la trampa, bastante conocida, de pretender profundizar la democracia al margen de ella. La ciudadanía no es una agenda, no es un estilo, es un mandato para gobernar.
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