domingo, 15 de octubre de 2006

De qué hablamos al decir ciudadanía? Sofía Correa Sutil

TALION

Tengo la impresión de que prima una cierta confusión cuando se habla de ciudadanía, de que en distintos contextos está pensándose de manera contradictoria el imperativo de ser ciudadano. Pienso que esto se debe a que estamos en un cambio de época, donde los viejos paradigmas se han roto. En otras palabras, la noción de ciudadanía ha tenido diversos contenidos en distintas épocas históricas y estamos viviendo uno de esos tiempos en los que no todo está dado de antemano; No, al menos el contenido de la noción de ciudadano.

Por ejemplo, en el período efervescente de la Independencia, los criollos se trataban entre sí de ciudadanos –sólo en género masculino, por cierto- refiriéndose a ese pequeño grupo de la elite que conducía los "asuntos públicos" y que fue creando la república con sus decisiones de cada día. Luego, al correr del siglo, hacia fines del mismo, el concepto de ciudadano se ha ampliado y ha cambiado de contenido: se es ciudadano cuando se pertenece a la nación, sentido de pertenencia que se activa a través de un conjunto de imágenes simbólicas: la bandera, la canción nacional, la cueca, las comidas criollas, los héroes y acontecimientos heroicos, por ejemplo. De modo que, a fines del siglo XIX y principios del XX, el contenido de la ciudadanía no está dado por el hecho de ser sujeto político, puesto que no me parece adecuado entender el sufragio universal-masculino-alfabetizado como un instrumento de participación política popular sino como un bien que los sectores populares transan en el mercado a través de la práctica generalizada del cohecho. Hubo un momento, en 1875, en el cual un grupo de mujeres sobrepasaron esta dimensión simbólica de la ciudadanía e intentaron sufragar como ciudadanas que eran. Rápidamente fueron desmovilizadas para que reconocieran que su condición de ciudadanas se materializaba en la educación patriótica de sus hijos, y en el apoyo que dieran a sus hombres, defensores de la patria y, en el caso de la elite, constructores de la polis. Porque la ciudadanía, ampliada a todos los chilenos, era ahora entendida como pertenencia a la nación y no como participación política, por eso podían considerarse ciudadanos aquellos que movilizados a los campos de batalla dieron su vida por el país, aunque, si fueran analfabetos, no tuvieran derechos políticos.

La politización del concepto de ciudadanía se comenzó a generalizar tiempo después, a partir de la tercera o cuarta década del siglo XX, con la creciente movilización electoral de los sectores populares por los diversos partidos políticos en competencia. Si ser ciudadano fue entonces sinónimo de ser sujeto político, no hubo más alternativa que ampliar el sufragio a las mujeres (recién a mediados del siglo XX) para luego ir rebajando o eliminando las restricciones de edad y alfabetización para que todos fueran accediendo a la condición de ciudadanos.

El golpe de estado del 73 cortó este desarrollo, como tantos otros, y a través de una brutal represión logró despolitizar profundamente a la sociedad chilena. Despolitizar fue entonces sinónimo de privatizar, las esperanzas y expectativas, los desafíos y los dolores; y fue perdiéndose el sentido de colectividad, de comunidad, hasta incluso, podría pensarse, de nación. Paradójicamente, cuando se termina la dictadura y se abre el proceso político competitivo, en la década de 1990, comienza a calar hondo la idea de identificar al ciudadano con el consumidor (no faltaron argumentos incluso populistas) y la despolitización de la sociedad se profundizó. A finales de esa década, en medio de una generalizada complacencia ante un nuevo "Chile Paraíso del Consumo", comenzaron a hacerse oír voces críticas como la de Tomás Moulián, con Chile Actual. Anatomía de un Mito, y Alfredo Jocelyn-Holt, con El Chile Perplejo. Del Avanzar Sin Transar al Transar Sin Parar, que alertaron sobre los peligros de la atomización de la sociedad y del vacío de ética pública. En los últimos cinco años este debate no se ha profundizado. Todo parece indicar que la preocupación por entender la ciudadanía en el Chile del nuevo siglo se ha limitado a un quejumbroso culpabilizar a los jóvenes que no se inscriben en los registros electorales, sin desentrañar el sentido más profundo de su gesto.

La pregunta queda abierta, ¿de qué hablamos al decir ciudadanía? ¿Estamos entendiéndola como participación política tal como se pensaba a mediados del siglo pasado? ¿O bien como adhesión simbólica a la nación como en el siglo XIX? ¿O es que en el siglo XXI ser ciudadano se ha vuelto sinónimo de ser consumidor? ¿O quizás la ciudadanía se ha llegado a identificar con la solidaridad ejercida al interior de pequeños grupos?. Tal vez no todo sea confusión, y de lo que se trata es de que estamos ante un momento histórico abierto, donde cabe la posibilidad de generar en la teoría y en la acción una nueva forma de pensar y de hacer ciudadanía, de modo de poder remontar todos juntos como país la atomización de la sociedad, recreando lazos de pertenencia y por tanto de participación, los que tendrán que nacer del compromiso de cada cual con el futuro de nuestro país.

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