PRÓLOGO
Este ensayo contiene un análisis detallado de las causas, dimensiones y características del proceso de movilización social que se produjo en la región de Magallanes, Chile, en la primera quincena del mes de enero de 2011, contra el alza tarifaria del gas natural.
Se ha adoptado aquí un enfoque multidisciplinario tanto desde la Historia Social, como de la Ciencia Política y la Sociología de manera de intentar comprender las diferentes fuerzas en presencia, procesos y dimensiones que estuvieron en movimiento en estos eventos.
Esta es una contribución intelectual para la Asamblea Ciudadana de Magallanes, para entender y razonar el pasado, para dimensionar el presente y sobre todo, para proyectar el futuro.
Punta Arenas – Magallanes, 24 de enero de 2011.-
ELEMENTOS PARA UN MARCO TEÓRICO:
LAS CRISIS COMO COYUNTURAS DE TENSIÓN
La crisis de la política en la transición a la modernidad
La Política, como práctica social y como universo simbólico, ha entrado en crisis, como una de las consecuencias de los múltiples impactos provenientes de la modernización.
La percepción ciudadana respecto de la Política está cada vez más degradada y deslegitimada, y este es un fenómeno que trasciende las fronteras nacionales para abarcar el conjunto de la sociedad y los sistemas políticos contemporáneos. Por lo tanto, la afirmación de que la Política, los partidos y la clase política han entrado en una prolongada crisis de legitimidad y credibilidad en la sociedad actual, no es básicamente un “argumento ideológico sesgado” –aunque pueda serlo en boca de ciertos políticos detractores de sus demás adversarios- sino que es un tópico respaldado por un cúmulo creciente de indicadores, entre los cuales las encuestas de opinión pública no son más que un factor.
La política tradicional se ha hecho no creíble, ha perdido la centralidad de su atractivo anterior.
La crisis de la Política es, a la vez, una crisis de la acción política, como una crisis de la percepción pública acerca de ella, es decir, de la cultura política.
El creciente predominio del discurso y las prácticas individualistas, y la búsqueda del éxito y la realización personal, y la notoria des-solidarización de los ciudadanos respecto de la sociedad en general y del sistema político en particular, son manifestaciones exteriores de una tendencia profunda que tiene lugar en la época contemporánea: la tendencia hacia la modernidad.
La modernidad –como tendencia estructural e ideológico-cultural dominante- se introduce en el sistema político, generando un efecto disolvente y desarticulador, de manera que las fuerzas, partidos y actores políticos tradicionales se ven enfrentados a la creciente tensión ocasionada por nuevos problemas y nuevas aspiraciones y demandas provenientes de una sociedad civil cada vez más culturalmente diversa y socialmente diversa.
Probablemente, uno de los rasgos más significativos que denotan la crisis de los paradigmas políticos, y la propia crisis de la Política (como práctica social), reside en la pérdida de su anterior centralidad en los procesos sociales.
En efecto, la Política aún cuando continúa siendo uno de los procesos sociales y culturales relevantes que tienen lugar en una sociedad histórica. Sin embargo, como efecto e impacto de la modernidad, ella ha perdido su centralidad siendo aparentemente sustituída por otros liderazgos, otros intereses ciudadanos, otras formas organizativas y comunicacionales, otros movimientos y protagonismos, y se ha convertido gradualmente, en objeto de crecientes críticas generando una percepción social negativa en torno suyo.
Esta transposición da como resultado que la Política pierde su atractivo mediático ante las multitudes, así como su capacidad de convocatoria social: los ídolos y líderes que atraen a los grandes colectivos modernos –cuando ellos existen realmente- ya no son los dirigentes políticos, y los símbolos políticos e ideológicos dejan de tener un poder de evocación y de representación simbólica significativa.
La Política –como forma de pensar la sociedad- parece desvanecerse en el universo mediático, sustituída o relativizada por otros universos simbólicos y valóricos.
Tampoco resultaría científico atribuir éste fenómeno a la exclusiva responsabilidad de “los políticos”, por más que sobre ellos cae una nebulosa de descrédito moral.
La crisis de la Política, es en realidad, la crisis de la política tradicional, y ella traduce en el plano de las instituciones y de los procesos políticos la crisis general que acompaña a la transición desde una sociedad anteriormente basada en valores y formas tradicionales de hacer política, hacia una sociedad en la que predominarían códigos, valores, modelos y formas organizativas modernas.
Aquel paradigma tradicional que hacía de la Política una actividad a la vez, elitista y masiva, basada en el contacto directo y paternalista entre el político y la ciudadanía, en grandes movilizaciones masivas evocadoras de la unidad de la nación, la clase o el partido, que generaba relaciones de dependencia y cooptación entre la clase política –otorgadora de bienes, servicios, favores y privilegios- y la ciudadanía –demandante y receptora de los beneficios que descendían desde las esferas políticas y del poder- en términos de clientelismo y caciquismo, ese paradigma está siendo gradualmente barrido o superado.
Y la manifestación más elocuente de esta crisis de la política es el surgimiento de la multitud como actor socio-político en este inicio del siglo xxi, esa multitud que Toni Negri define como “la multitud plural de las subjetividades productivas y creadoras” ([1]), sobre las que elabora Paolo Virno ([2]) y que Rheingold denomina “multitudes inteligentes” por su asociación estrecha con el uso intensivo de las TICs durante el movimiento.
Los cambios que se suscitan se encuentran en el surgimiento de una Política moderna o con rasgos modernos y fuertemente ciudadana basada principalmente en los efectos mediáticos y de imagen, en la capacidad individual del político para alcanzar cobertura y presencia comunicacional, en la profesionalización de la actividad política y dirigente, en la ingeniería de escenarios políticos virtuales, potenciados por la aceleración del tiempo, por el manejo intensivo de la comunicación y sus contenidos, y por la circulación instantánea de la información, de manera que ésta última deviene el poder, pero también caracterizada por la creciente autonomía y el protagonismo emergente de los movimientos sociales y socio-culturales respecto de los referentes partidarios.
Crisis y crisis socio-políticas
Todo proceso político y social está caracterizado por ciertos momentos en los que el sistema o las relaciones sociales existentes no pueden continuar funcionando tal como lo han hecho hasta ahora, porque se han acumulado una serie de disfunciones, tensiones y contradicciones. Esos momentos son las crisis, los que deben ser analizados tanto desde una perspectiva estructural, sistémica o institucional, como de su secuencia temporal o histórica.
Ambas dimensiones analíticas son complementarias e interdependientes: lo sincrónico y lo diacrónico; el aspecto organizacional e institucional y el aspecto procesual.
En lo particular del movimiento de movimientos que nos ocupa, sostenemos la hipótesis de trabajo que se trató de una crisis socio-política en el sentido que su desarrollo implicó formas de cuestionamiento desde la sociedad organizada y desde la multitud en movimiento hacia el orden político, aunque sin poner en entredicho los fundamentos de las instituciones del sistema.
Las multitudes ciudadanas magallánicas, dotadas de un fuerte acento regional y regionalista no cuestionaron los fundamentos institucionales del orden político, sino que apuntaron hacia el centralismo entendido como una modalidad específica de ejercicio y gestión del poder caracterizada por la centralización en la capital de los procesos de toma de decisiones, tanto a nivel estatal como corporativo.
La movilización y la crisis que ésta genera, se dirige a la precariedad de los procesos de consulta y de participación ciudadana, a la actitud de cerrazón y de prescindencia de las autoridades regionales ante el creciente clamor ciudadano, al tiempo que una percepción de incomprensión de las características distintas del modo de vida en la región de Magallanes. Es probablemente la clave centralista que los ciudadanos interpretaron en la decisión de alza de las tarifas del gas (tomada por el directorio de ENAP en Santiago), una de las causas que electrizó el sentimiento regionalista aparentemente adormecido, involucrando a puntarenenses, natalinos y porvenireños.
Pero la crisis despertó y develó además otros agravios locales y regionales pendientes, como se analiza más adelante.
Para los efectos de este ensayo, podemos definir una crisis socio-política como una coyuntura fluída donde intervienen componentes del sistema político e institucional y movimientos y expresiones sociales y colectivas en demanda de determinadas aspiraciones y reivindicaciones y cuya presión pone en tensión una parte o el conjunto del sistema político.
Aproximaciones
a un concepto realista de crisis política
Uno de los rasgos más sorprendentes de toda crisis, es que con mucha frecuencia los propios actores involucrados no perciben claramente que se encuentran en una coyuntura de crisis.
Toda crisis es una coyuntura, pero no toda coyuntura es una crisis.
Una crisis se constituye en un momento en el que se sintetizan y se concentran la mayor parte de las tensiones y conflictos que se manifestaban tanto en la superficie como bajo la superficie de los acontecimientos que constituían el proceso político y social. En la secuencia de eventos que constituyen el proceso político, siempre se encuentran larvadas las condiciones y factores que pueden desencadenar unas crisis.
Por lo tanto, para comprender las crisis en general y las coyunturas críticas en particular, debemos tener en cuenta el factor azar: al interior de la compleja malla de interrelaciones e interdependencias que dan forma dinámica al proceso político en el tiempo y en el espacio, siempre se encuentran incubados aquellos factores cuya colisión va a conducir hacia una crisis.
Las crisis políticas pueden así definirse como coyunturas fluídas en las que se concentran los puntos de tensión y se alteran los rangos de funcionamiento de los sistemas y las relaciones entre los actores componentes de un sistema.
La trayectoria de las crisis
Toda crisis así como todo fenómeno político y social, sigue una trayectoria, es decir, despliega una secuencia de acontecimientos interrelacionados entre los cuales existe generalmente una relación de causalidad, de manera tal que la forma cómo se manifiesta una fase, ello determina la forma cómo va a producirse la fase siguiente.
Las crisis socio-políticas –podría decirse- se desplazan en el tiempo y en el espacio en la forma de ondas expansivas y disruptivas.
Para el mejor examen de las coyunturas de crisis, resulta conveniente y usual practicar un análisis de la secuencia de eventos que la constituyen.
La Ciencia Política moderna identifica a lo menos las siguientes fases consecutivas en toda crisis:
a) fase de acumulación de tensiones;
b) fase de desencadenamiento de la crisis y punto de no retorno;
c) fase de escalamiento y agudización de la crisis;
d) fase de resolución de la crisis.
Pero la secuencia aquí presentada nada nos dice de los actores que intervienen en el curso de la coyuntura de crisis y del rol que tienden a desempeñar a lo largo de la secuencia.
En efecto, todo proceso político es siempre y en última instancia, un complejo juego de relaciones entre individuos, entre grupos, entre actores políticos, es decir, de actores sociales dotados de voluntad e intereses políticos, de manera que es su intervención, son sus prácticas las que determinan el curso de los acontecimientos.
En política y en particular en las crisis políticas, no son fuerzas ciegas ni instituciones anónimas las que intervienen y determinan el curso de los acontecimientos: son los actores políticos y sociales –siempre entendidos como actores programáticos, o sea dotados de voluntad de poder e intereses políticos, sociales e identitarios propios y característicos- los que actúan o dejan de actuar, los que gesticulan y despliegan sus recursos en procura del logro de sus demandas y de sus intereses.
Otra cosa a estudiar, es el rol y la importancia que esos actores tienen al interior de una coyuntura determinada.
Aquí siempre hay que distinguir entre actores claves o determinantes y actores secundarios y lo que los diferencia es su respectiva capacidad de ejercer algún grado de influencia en el curso de los acontecimientos que constituyen la coyuntura en estudio. Del mismo modo, no hay que perder de vista que una coyuntura de crisis pueden tener uno o varios espacios o lugares donde los hechos suceden y donde la crisis se decide y se resuelve.
Pero, por lo pronto, incorporemos ahora a los actores políticos y sus respectivos roles en una dinámica cambiante de interdependencia y tensiones.
En efecto, en el transcurso de toda crisis socio-política se producen cambios a veces imperceptibles en las percepciones mutuas de los actores en presencia, sucesivas modificaciones y adaptaciones en las respectivas agendas individuales y grupales, ajustes en curso de las estrategias, tácticas y gesticulaciones, mutaciones en el juego intenso de acción y reacción de los actores políticos e institucionales ante el desplazamiento masivo de las multitudes. De este modo, los procesos de negociación y diálogo para resolver el conflicto, una vez transcurrido el “punto de no retorno” de los acontecimientos, suscita un juego entrecruzado de intensas presiones mutuas sobre los negociadores y sobre todo el proceso, para tratar de aparecer posteriormente como los artífices del acuerdo alcanzado. ([3]).
Pero además, para comprender una crisis o una coyuntura cualquiera, hay que situarla en el tiempo. La secuencia temporal de los acontecimientos obedece a una lógica de intensificación y aceleración.
El tempo de la crisis
Para los efectos de su análisis, toda crisis puede ser descompuesta –como se ha visto en la descripción gráfica anterior- en una secuencia cronológicamente situada de eventos; toda crisis es una secuencia de eventos, es decir, una sucesión temporal e interconectada de acontecimientos ejecutados por los actores que tienen lugar en un espacio determinado, en la forma de una cadena más o menos contínua de sucesos.
Los tiempos en los que sucede la secuencia de los acontecimientos de la crisis, no corren a la misma velocidad que los tiempos en los que suceden los acontecimientos “normales”. Se acelera el tiempo, se acelera el ritmo del tiempo y se acelera la secuencia de eventos que componen la crisis.
Los cambios de ritmo del tempo ocurren o se manifiestan cuando ocurren ciertos momentos en los que los acontecimientos parecen tener un lento desarrollo y otros en los que la secuencia se interrumpe o los eventos se aceleran unos tras otros.
En el curso de una crisis –política, social, internacional- los actores tienen la impresión de que existe una suerte de “aceleración del tiempo”, como que los eventos se suceden a una mayor velocidad temporal lo que ocurre en los tiempos de no-crisis o de normalidad.
Esta aceleración del tiempo es real, es efectiva. Los actores involucrados en una coyuntura de crisis, la viven y la experimentan esa aceleración temporal, pero con frecuencia no saben manejarla, no conocen el impacto de la noción tiempo en el comportamiento de los demás actores. Algunos analistas y politólogos han podido afirmar en este sentido, que quién controla el ritmo y los tiempos de una coyuntura de crisis, está en condiciones de intentar manejar, controlar o conjurar una crisis; ello es medianamente cierto, ya que hay que analizar también el juego de acción y reacción de los demás actores involucrados.
Una de las características distintivas de las coyunturas de crisis es que el tiempo durante el cual ocurren, transcurre a un ritmo distinto del resto del llamado “tiempo normal”, y por eso se le denomina el tempo de la crisis, para referirse a un tiempo de ritmo distinto y de mayor aceleración en la ocurrencia y frecuencia de los eventos.
[1] Negri, T., Hardt, M.: Multitud. Madrid, 2004. Editorial Debate.
[2] En: Gramática de la Multitud, ver Referencias Bibliográficas y Documentales.
[3] Las crisis como las revoluciones, en el sentido clásico del concepto, son las únicas “madres que se comen a sus hijos”, cuando sienten que ya no les sirven…
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