viernes, 11 de marzo de 2011

Adolfo Castillo. Mar. 11 , 2011 

 

Con la  entrada en vigencia de la  Ley de  Participación Ciudadana, el  pasado  14 de febrero,  se  abre un nuevo escenario para  el fortalecimiento de la democracia en Chile y  para  la expansión  de los derechos de  chilenos  y chilenas.

Luego de  casi 7 años  y medio  de  trámite  legislativo ha sido aprobada la Ley sobre Asociaciones y Participación Ciudadana en la Gestión Pública,  lo que  constituye un hecho  de la mayor  importancia  para el desarrollo de la  sociedad civil y  su rol en el  fortalecimiento de  la democracia en Chile.  Esta  ley se suma  a la  vigencia  de la Ley de  Transparencia  y  a la actual  tramitación de  la ley sobre  plebiscitos comunales,  configurando así un interesante cuadro, no visto  anteriormente, que  habla  del avance de  una nueva  ciudadanía que  ha sido  capaz de  instalar  temas pendientes desde  que se  iniciara la transición a la democracia en  1989.  

Como se sabe,  tras el colapso institucional de la dictadura,  luego del plebiscito de sucesión presidencial en 1988, en el campo  opositor de entonces,  el núcleo  político que  lideró el proceso que  lo llevó al poder del Estado,  dirigido por  lo que fue el Comité de Elecciones Libres   y posteriormente la Concertación de Partidos por la Democracia, comenzó a  delinear  hacia mediados de los años  ochenta el espacio  que  jugarían los  actores sociales en la transición.  Inicialmente este sector tendría  un rol  importante pero,  hacia la segunda mitad de esa década,  se privilegió el rol de los actores  políticos sobre los sociales. Ello se convirtió en política de Estado y  durante  20 años el antiguo  régimen de concertacionistas relegó  a los  actores sociales  a  factores de apoyo de la reproducción de sub poder,  re instalando el clientelismo y  dejando de lados las promesas de una  democracia  activa.

La  historia la conocemos y  los datos  duros de  estudios señalan que la brecha entre ciudadanos y  políticos está en altos  niveles. La política institucional sigue a la deriva, sin comprender  qué ocurre, limitándose a  sortear las olas de la  acción ciudadana.  Las recientes movilizaciones de  Punta Arenas,  Transantiago,  Punta de  Choros, entre otras, son  señales, mensajes  abiertos  de la sociedad  civil a la política. Existe una  desestructuración entre  expresión y representación de demandas y derechos o una crisis entre  actores sociales y políticos. Ello no es  bueno para nadie.

Afortunadamente las nuevas  leyes  aprobadas señalan  un camino, una voluntad política, un intento  por  comprender  e interpretar  qué está  ocurriendo en la nueva sociedad chilena.
Son los inicios de  un nuevo  ciclo que  aún no  deja  ver  los contornos del proceso que está  construyendo pero  que, al menos, admite la oportunidad de  repensar las relaciones  entre  ciudadanos  y  políticos.

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