Resulta de sumo interés revisar las actuales reivindicaciones de los estudiantes universitarios de nuestro país, llama la atención su pragmatismo y la inmediatez de sus aspiraciones. En efecto sus demandas guardan relación con el pase escolar, con la tarjeta estudiantil, con mayor cantidad de becas y ayudas estudiantiles, algunos más audaces solicitan participación en el gobierno universitario.
Distantes están los días de mayo de 1968, en los que las demandas de los jóvenes de aquél entonces se orientaban a cambiar la sociedad “seamos realistas pidamos lo imposible” rezaba uno de los graffitis que abundaban en las calles de París. Las exigencias de los jóvenes de entonces estaban cargadas por la enorme sensibilidad generada por lo acontecía en Vietnam, en Checoeslovaquia y en otras latitudes. Las generaciones noveles de aquél entonces tomaban partido en medio de lo más encarnizado de aquella “guerra fría”.
Algo similar ocurrió en nuestra América Latina por aquellos días. Las demandas de los jóvenes mexicanos en la plaza de Tlatelolco bajo el lema “Únete pueblo” fueron acalladas criminalmente por las órdenes del Presidente Gustavo Díaz Ordaz.
En nuestro país la épica toma de la Universidad Católica precedió dichos movimientos. En efecto, en julio de 1967 los estudiantes se opusieron a la continuidad del Rector Monseñor Alfredo Silva Santiago, exigiendo la designación de un prorrector que organizara un claustro pleno para la elección de un nuevo rector, la cual debería incluir la participación de los estudiantes. En agosto de ese año los estudiantes se tomaron la universidad, con lo cual precipitaron la renuncia del rector y obtuvieron que, con la mediación del Cardenal Raúl Silva Henríquez, se nombrara prorrector al arquitecto partidario de la reforma Fernando Castillo Velasco. El movimiento estudiantil permitió una mayor participación de todos los estamentos universitarios, posibilitó que la universidad incluyera dentro de sus acciones la responsabilidad social e influyó notablemente en el devenir histórico posterior de nuestro país.
La influencia del proceso antes descrito pronto se extendió al resto de las Universidades del país: la Universidad Católica de Valparaíso, Federico Santa María, Técnica del Estado (actual USACH), y la Universidad de Chile, que lucharían por la autonomía universitaria y el co-gobierno, el acceso amplio y gratuito y la libertad de cátedra, el establecimiento de cátedras paralelas y libres, el rol social de la Universidad y la unidad de los estudiantes con los trabajadores y sectores populares.
La historia demuestra que los movimientos universitarios pueden efectivamente generar cambios en sus instituciones y en la sociedad. Por eso es interesante escuchar lo que hoy nos dicen nuestros jóvenes, ya que muchas veces sus demandas son predictivas respecto de lo que puede llegar a ocurrir en nuestra sociedad.
Los efectos de los diecisiete años de dictadura, en las que se trató de confinar a los jóvenes al interior de las aulas y a preocuparse “solamente de estudiar” parecieran estar aún vigentes en diversos niveles de la sociedad, especialmente en instituciones de educación superior.
Es importante advertir que hoy cuando nuestros jóvenes se movilizan están demostrando que son capaces de superar la apatía y ese dañino “no estar ni ahí”, tan característico de muchos de nuestros estudiantes. Escuchar a nuestros jóvenes dialogar con ellos, evitar la represión, acoger sus muchas veces justas demandas, o tratar de convencerlos, más que de vencerlos, es hoy un imperativo para nuestra democracia.
Fuente: http://blog.latercera.com/blog/macastro/entry/movimientos_estudiantiles_de_ayer_y
.